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domingo, 22 de octubre de 2017

LA ALMOHADA SURREALISTA


LA ALMOHADA SURREALISTA


El surrealismo como escuela de pensamiento, como movimiento artístico, pero sobre todo como posibilidad de vida, al promediar 1966, se vio inmerso en las aguas de la música juvenil y la contracultura.

En aquellos años, la constante en esas manifestaciones artísticas, literarias, plásticas, y musicales, sería la ruptura. A veces lograda sólo de modo artificial y pasteurizado, otras de forma inconsciente y por lo tanto más infantil y menos duradera, y en menos casos, lograda mediante acciones concretas, conscientes, coherentes y de largo plazo.

La ruptura musicalmente hablando, no había empezado, ciertamente, ese año.
Occidente absorbía a oriente mediante el uso de instrumentos musicales que eran considerados como “exóticos” donde las escalas , los tonos y semitonos eran por decir lo menos “terreno virgen” para una hambrienta juventud musical sobre todo británica, la cual avanzaba también hacia la incesante búsqueda de la “liberación” lo que sea que el término signifique.
Liberación de los sentidos, se decía.
Liberación de la mente, se consignaba.
Liberación musical, se buscaba.


Regresando a las rupturas y las inseminaciones oriente – occidente, desde 1965 había hecho su aparición el sitar hindú en un disco de consumo masivo juvenil, como lo era el Rubber Soul de Los Beatles. 
Ahí en Norewian Wood , se tejían por primera vez en un disco de rock-pop, algunos acordes que terminaron definiendo una melodía y no solamente actuando como elemento de ornato.
Unos meses adelante, los Stones, vía Brian Jones y su devoción a oriente y a los paisajes exóticos, darían la primera (y única) canción, que seguía el derrotero del sitar, con etiqueta de número 1 en popularidad en ambos lados del Atlántico: Paint It Black.  Y ya estábamos en 1966.

Justamente en el trascurso de esos doce meses, las manifestaciones de literatura, pintura y música con aires orientales fueron a invadir las formas y fondos del ritual juvenil en ebullición localizado en la costa oeste de los Estados Unidos. Que acabara siendo un sueño pueril y bobalicón al promediar 1969, no excluye que el perenne deseo de experimentación y fusión de la música pop – rock con otras latitudes y experiencias artísticas, así como el deseo de asimilar las drogas utilizadas hasta entonces como un mero ritual de entretenimiento generador de identidad para ser un canal expansivo de la conciencia (lo que sea que esto signifique) devino en un cambio notorio de los usos de la música, y sobre todo, de la forma en que se presentaba.

Los títulos de los discos y canciones se llenaron de referencias hacia la maquinaria cerebral y sus posibilidades. 

El término psicodelia que había lanzado por primera vez el psiquiatra Humpry Osmond en la segunda mitad de la década de los 50´s de pronto se volvió sinónimo de todo lo que el mundo necesitaba para ser feliz . 


Si en 1965 Jackie De Shannon entonaba la utópica y fresota  “What The World Needs Now” que complementa con un azucarado “It´s Love, Sweet Love”, dos años mas tarde, esa misma consigna se hizo himno generacional planetario, cuando los Beatles también lo declaraban el 25 de junio de 1967. ¿La diferencia?, bueno que además de ser Los Beatles , el mensaje se envolvió en flores, incienso y colores que aludían a la psicodelia – aunque la canción en sí misma no era psicodélica – pero representaba bien a lo que muchos jóvenes aspiraban encontrar en el llamado tren del ácido lisérgico y sus consecuentes efectos sobre su visión del mundo: ¡todo sería más fácil !

Todo sería diferente y por supuesto, el mundo irracional e intransigente de los adultos representado por el statu quo, la maquinaria gubernamental, las instituciones (sobre todo las militares y cualquier mal llamada “fuerza del orden”) sucumbiría ante las luces estroboscópicas, el flower power y las consignas musicales que colocaban a San Francisco como la nueva sucursal del paraíso terrenal.

Ante tal despliegue de autoconfianza y energía liberadora, el efecto no podría ser de largo plazo. Muchas de las manifestaciones gregarias que tuvieron lugar a partir de enero de 1967, primero en el parque Golden Gate de San Francisco y después en los festivales de Fantasy Fair and Magic Mountain Music Festival y por supuesto el Monterey Pop Festival, sirvieron como válvula de escape, aparentemente bien vista por el gobierno y sus aliados capitalistas. En medio de la efervescencia contra cultural, las compañías disqueras mostraban sendos contratos discográficos para artistas recién llegados a la comuna musical y existencialista. Era la forma de premiar y al mismo tiempo controlar, a las inquietas nuevas generaciones musicales.

Todo éste panorama tragi-cómico pudo haber sido peor, de no ser por algunas pepitas de oro musicales que se cruzaron por las avenidas de otras manifestaciones artísticas, obteniendo resultados a veces realmente sorprendentes.

El grupo de Jefferson Airplane, amalgamó la sensación del poderío juvenil mediante experiencias liberadoras, y mas allá de las consignas fáciles de flores en el pelo, trató de obtener – y en ocasiones , la obtuvo- una estética musical muy propia, con letras que apoyaban una propuesta visual, y con música que enmarcaba una actitud desdeñosa de la normalidad.

Después de un álbum cuyo título fue premonitorio y elocuente “Takes Off” (Despegue), donde ilustraron a grandes rasgos de lo que trataría su comuna con dosis de contracultura, blues, hipismo y una presencia femenina que proyectaba una voz de potente autoridad, y al mismo tiempo cobijada por músicos competentes, el Jefferson sentó las bases definitivas de la nueva filosofía juvenil de 1967 con una segunda entrega cuyo sugerente título es una declaración de principios y modus operandi en sí mismo: Surrealistic Pillow.



La almohada surrealista, nombre que por cierto, no se le había ocurrido a ningún miembro de la banda, sino que más bien fue producto de la imaginación desbordada de otro profeta californiano del ´67: Jerry García, el líder de The Grateful Dead.

Surrealismo pues, licuado con ácido, y con música que era diversa y orgánica.
Blues acústico rural desde una Jornada Embrionaria, y goce ritual del mejor pop rock con gotas de ácido en el himno “Somebody To Love”. El conjunto resultaba propicio para esos tiempos que buscaban abrevar en lo imposible, parte del sabor de lo cotidiano. Por eso, aunque la letra de esa canción era más bien común, el envoltorio en el que se presentaba, tanto sónico como visual era completamente de otra escala en aquel rock de finales de 1966.
La consigna finalmente era que se debía romper a la realidad, cualquiera que esta fuera en pequeñas piezas que de preferencia cupieran en una canción pop, para después ser acompañada por colores e imágenes imposibles, o al menos  -y esto era lo que todo mundo quería – poco reales.

Ya lo habría dicho también el propio Lennon en noviembre de aquel mismo 1966 “Nothing is real”, como un mantra obsesivo que le ayudara a regresar a “los campos de fresa, por siempre”

Y si nada es real, la obsesión de gran parte de la comunidad artística, cercana a la música o a las artes plásticas, es mostrarnos una avenida ancha y confortable hacia el mundo surreal y por  lo mismo , hacia todas las posibilidades que generaran experiencias distantes al peso subyugante del fardo de la vida diaria.

André Bretón, el poeta hechicero de la lengua, y máxima autoridad de la alternativa Surrealista, expresaba a través de sus manifiestos ,40 años antes del verano del amor, la necesidad de escapar de las trampas de lo cotidiano, de la mediocridad de una vida completamente alineada a lo que la sociedad dicta como normal, pues al fondo de este callejón sin salida, solamente se encontrará la irremediable pérdida de la fe en si mismo, en el mundo, en la vida.
La automatización de todos los procesos por los que el hombre vive, y deja alguna constancia de su paso por la tierra, se convierten en el mejor guardián de la justa medianía, por lo que , lejos de cualquier arrebato místico, o artístico (que para Bretón era lo mismo), se entierra indefinidamente la voluntad y la vocación de ser humano. 
Ser, con mayúscula y con todos los riesgos que conlleva dicho verbo-piedra-angular.


André Bretón dejaba ésta dimensión el 28 de septiembre de 1966. Apenas un mes antes, Jefferson Airplane despegaba con un sonido atronador que buscaba libertad y colores.
Pareciera que el espíritu errante del llamado “Papa del Surrealismo” ahora buscaba viajar hacia las explosiones de la música pop juvenil, en donde iba a irradiar nueva luz en forma de guitarras electrificadas, colores y letras que hablan de la experiencia de transitar por otras latitudes, ajenas al día a día cotidiano.  La cultura de las drogas ácidas que tenía en un puño a las expresiones musicales y la llamada contra cultura, se enseñoreó dando ludismo, tonalidades imposibles  y provocación, antes de que la desesperanza volviera a verter su escala de grises sobre el horizonte juvenil, al iniciar la década siguiente.

Posiblemente el “Ve, y pregúntale a Alicia”, nunca fue más oportuno como una respuesta ante la vorágine de acontecimientos que rodeaban al arquetipo musical. 

Ese “Ve, y descubre con Alicia” , irradiaba una confianza sólida en la otra cara de la historia, esa que no fácilmente se cuenta, por ser de difícil acceso en las horas de la vigilia, por ser tal vez, la cara brillante de la luna, que se aprecia desde la tierra en una noche de plenilunio. 
Irónicamente y como contrapeso ideal a la ensoñación, la última frase que se escucha en el álbum   “The Dark Side Of the Moon” de Pink Floyd , era una frase dicha por  Jerry Driscoll, el portero de los estudios Abbey Road  y que de manera lapidaria sentenciaba “De hecho no hay un lado oscuro de la luna, toda la luna es oscura” .
Vaya manera de regresar los pies a la "realidad" en 1973.

Pero los años sesenta, al menos la segunda mitad, quisieron abrazar completamente la posibilidad de que sí había un lado brillante y uno oscuro. Y el reto era que toda la luna fuera brillante, de queso, y además estuviera al alcance de un abrir y cerrar de ojos.

Se logró, no solo metafóricamente. El 21 de julio de 1969 la luna pudo ser vista y casi tocada desde la comodidad de un aparato de televisión.

José de Jesús Sampedro, lo puntualizó en su ensayo “André Bretón: en el corazón de un bosque lleno de lobos” del año 1986, cuando de forma particularmente lúcida escribe: “Debemos admitirlo: es injustificado adecuar la contemporánea sensibilidad de la década de los sesenta excluyendo la enseñanza legada por André Breton y por los surrealistas".

Adaptando pues, lo que se plasmó en letras y artes plásticas principalmente a partir de los años 20 del siglo XX, buena parte de la propuesta musical de la segunda parte de los sesenta, se alzó como la evolución natural y sonora  de una idea a veces difusa, a veces demasiado simplista, pero no por ello menos emotiva, para afrontar la represión de un absurdo como la guerra,  la conciencia de masas dictada por unos cuantos o las ideologías que sustentan nacionalismos fanatizados.

 La brecha debía ser insalvable y diferenciadora de generaciones, y el desafío a la normatividad adulta además de romántica y visceral, de pronto se volvió artística.

El arte y el ritual juvenil en una sola explosión. El arquetipo de la sed eterna y el río de caudal inagotable.  Eso fue lo que la generación beat ofrecía, con las letras de Kerouac, de Bukowsky , del mismo Dylan, sin embargo el ritual completo llegó a partir de 1966. Color, voz, música, y una profecía autocumplida en la música y su infatigable búsqueda por distorsionar la llamada “realidad”.
Aquí cabría la insondable pregunta ¿Y a fin de cuentas, qué es la realidad?
Y sería ocioso, pretencioso y francamente un carrusel interminable con altas, bajas , vueltas y vueltas para abordar el ejercicio de responder, y llegar exactamente al punto de partida.

“One pill makes you larger, and one pill makes you small”
Sentencia de forma inicial en la loca carrera de Alicia hacia las profundidades de nuestra mente tratando de develar el asunto espinoso de la realidad. 
Todo depende de la píldora. A veces serás gigante, a veces microscópico, las formas se alargan y perecen en cuanto a lo que conocíamos de ellas en un día común, pero la esencia permanece, la realidad está allí, tan a la mano que asusta tocarla, y cuando se ha decidido moldearla, ya no es arcilla sino agua, y se desprende en caudal eterno e inasible.

"White Rabbit", esa canción-resumen de la idea musical, la imagen surrealista, la disolución de tiempo-espacio-identidad del que canta y el que escucha, la disolución de un beat perteneciente al rock, en un bolero, estilo de composición que Ravel llevó hasta sus máximas posibilidades precisamente en aquellos años cuando el Surrealismo emanaba sus primeros rayos cegadores. 




Puede ser que el Surrealismo haya sido una utopía más del siglo XX.
Puede ser que la sociedad occidental esté demasiado ocupada en calcinar sus recuerdos y también su porvenir en la interminable hoguera del progreso representado por el inexorable paso del tiempo, la cruel y fría y omnipresente realidad y sobre todo la acumulación generosa de capital.

Para una sociedad con semejantes valores, resulta desconcertante por no decir imposible la premisa de encontrar una vía alterna de conocimiento y realización de las capacidades humanas basada en la exploración de otra realidad que nos brindan los estados del sueño o por una técnica de escritura automática.
Era demasiado el pretender que un ser humano puede hacerse uno con su entorno, superar ideologías, credos, quebrar barreras de juicios de valor polarizados que tiñen de blanco o negro las acciones y pensamientos, que juzgan, anulan y constriñen a un solo camino las aspiraciones, que enmarcan de una forma severa a los estilos de vida a los cuales acceder.


Si bien es cierto que como escuela de pensamiento aplicable a la funcionalidad de la ciencia, el Surrealismo ha tenido pocas aplicaciones prácticas, - quizá el campo donde más claramente influyó, y del que igualmente recibió influencia fue el Psicoanálisis -  tampoco es del todo errado citarlo como una de las posibilidades más altas que ha dado la inteligencia humana, y que su huella indeleble se plasmó sobre todo en las artes, la pintura, escultura, arquitectura, cine y por supuesto en la música; además del campo literario.

La búsqueda por la expansión de la conciencia y del acceso a otros puntos de la realidad llevaría a los experimentos con mezcalina a Aldous Huxley, para ser plasmados en su ensayo “Las Puertas de la Percepción”, mismo que serviría para inspirar a un movimiento completo, utópico, social y cultural en los años 60. Poesía y música, dos caras de la misma moneda, abrevaron generosamente en el manantial vivificante del Surrealismo, que al excluir barreras de paradigmas y estereotipos le dieron materia prima a propuestas musicales y literarias.

“Tuve mucho que soñar anoche” sentenciaban The electric Prunes en 1967 como una declaración de intenciones. La pregunta empezó a ser ¿por qué no darle la categoría de Realidad al sueño?


Esta parte de nuestra actividad cerebral se volvió favorita de Syd Barrett, otra vida y mente que encarnaron al Surrealismo hasta sus últimas consecuencias.

En su canción “Bike”, de 1967 sentencia al final : “Conozco una habitación llena de canciones musicales, aunque la mayor parte de ellas son mecánicas. Vamos a la otra habitación y hagámoslas funcionar”


Nos remitimos finalmente a unas esclarecedoras palabras de Terry Eagleton en su obra “La Idea de la Cultura” del año 2000:
“La verdad es producto de una interpretación, los hechos son una construcción del discurso, la objetividad es una interpretación cuestionable de las cosas, medida conforme al poder, y el sujeto humano es tan ficticio como la realidad que contempla”

Y entonces, nos queda un consejo clave para acceder a la reconciliación con la realidad, con sus inabarcables pliegues de su manto, y sus callejones sin salida.
Consejo-sentencia-epitafio que cierra al “White Rabbit” de Jefferson Airplane:

“RECUERDA LO QUE DIJO EL LIRÓN:

ALIMENTA TU MENTE, ALIMENTA TU MENTE”


miércoles, 30 de mayo de 2012

Os Mutantes, mutando al rock de Brasil

1968 fué un año definitivamente marcado por el destino para nunca ser olvidado.
Sería difícil encontrar en la historia reciente, algún período de tiempo tan corto  en donde se sucedan tantas alternativas de ruptura, las cuales además surjan de un mismo nicho social y cultural (estudiantes de bachillerato y universitarios) en los más diversos escenarios de la geografía universal.


Así, los cambios vertiginosos que se generaron fueron un reflejo de nuevas necesidades de expresión en un mundo que estaba siendo el telón de fondo de un verdadero relevo generacional.
Y como nunca antes, la música permeó a todas las capas sociales y fué un vehículo que a su vez expresaba la realidad y se nutría de ella, convirtiéndose en un auténtico puente transitado de ida y vuelta.


Esta necesaria transición en un mundo que se antojaba ya ciertamente arquetípico y caduco en muchas expresiones fué tomando forma en escenarios tan diversos como Praga, Memphis, la Ciudad de México y Rio de Janeiro.


La Primavera de Praga, movimiento estudiantil en 1968



Movimiento Estudiantil en México 1968



En Brasil, como en gran parte de América Latina, el rock se había vuelto ya el evangelio de la juventud, iniciando como ritual de trasgresión, afirmación y ruptura con el por entonces conservador, represivo y militarista sistema de gobierno.
En éste clima de tensión social, donde por un lado las instituciones como el Ejército, el Empresariado, la Iglesia Católica, y demás representantes del conservadurismo alababan el sistema represor y totalitario que cuidaba sus intereses, pero por otro lado la resistencia cultural que se manifestaba desde los inicios de esta nueva época dictatorial en las propuestas de la Jovem Guarda, en la música, el Teatro Oficina, en el arte dramático, y el “Cinema Novo” desarrollado por Glauber Rocha y Joaquim Pedro,  surgió con especial fuerza en el último tercio de la década el movimiento cultural - musical denominado Tropicalia.


Manifestación contra la censura en Brasil, 1968




Tropicalia era una especie de comunidad intelectual y cultural, que encontró su mejor portavoz en la música que por entonces ya se encoentraba en pleno proceso de metamorfosis. El nombre del movimiento venía de una instalación artística hecha por el escultor Helio Oticica, en el museo de arte moderno de Rio de Janeiro en 1967. En ese mismo año saldrían al mundo dos canta autores fundacionales de la nueva música popular brasileña (MPB): Gilberto Gil y Caetano Veloso, los cuales ocuparon puestos finalistas en el III festival de MPB, un certámen musical, por entonces el más visto y prestigiado y que era trasmitido y auspiciado por el canal TV Record, de orientación conservadora. Las canciones eran Alegría Alegría y Domingo No Parque.

Y es en 1968, cuando surge el grupo que encarnaba completamente a este movimiento, bautizado con el mismo nombre y con una postura crítica pero esperanzadora. El Grupo Tropicalia lanza un álbum manifiesto llamado Tropicália ou Panis et Circensis, algo que iba mas allá de un álbum conceptual. Se traslapaba como nunca antes en la historia la realidad socio-política con un concepto musical. En este disco participaron además de Gilberto y Caetano el grupo Os Mutantes, Gal Costa , Nara Leao y Tom Zé.


Portada del álbum-manifiesto Tropicalia, 1968



Precísamente el grupo Os Mutantes, participaron en este disco con la canción Panis et Circensis (pan y circo), de claro corte crítico a la política y la forma en que gran parte de la sociedad brasilera de por entonces, se había alineado a la ideología conservadora y restrictiva que patrocinaba el gobierno militar.

Este power-pisco-trio, fueron quizá los que mejor encarnaron el espíritu experimental de la época. Fuertemente influenciados por el sonido psicodélico de la costa oeste norteamericana, pero también por la música británica de avant gard que por entonces encontraba su punto de referencia en el Sargento Pimienta de los Beatles y en la música de Pink Floyd.

De hecho, esta búsqueda de experimentación condimentada con rock y sicodelia, les trajo un público juvenil entusiasta pero también un sector de la sociedad conservadora(incluyendo también parte de los jóvenes universitarios clase-medieros) que los rechazaba abiertamente, acusándolos de desvirtuar y prostituir el sónido de la MPB. 

Integrados por Rita Lee, Sérgio Dias y Arnaldo Baptista,  talentosos músicos e intérpretes que habían iniciado su trayectoria desde 1966, y eran originarios de Sao Paulo. En su camino encontraron la inspiración de Caetano Veloso que de inmediato los convirtió en su grupo de apoyo, y enriqueció su lírica con sus compocisiones.

Os Mutantes en una actuación, 1968

En ese mismo 1968, aparece su álbum debut denominado simplemente Os Mutantes, aquí se incluye la citada Pan y Circo como pieza abridora, y pronto el debrayé vocal y musical nos alcanza con una mezcla de sonidos provenientes de una guitarra fuzz, un xilófono, una mandolina y multicapas de sensaciones que hábilmente tejían mediante el uso de motivos corales, y sobre todo de un ensamble preciso y precioso de sus voces.
Todo cabe en el universo mutante, y por lo mismo nada es lo que realmente parece ser. Si habría que consignar una característica a esta filosofía trasportada al formato de canción pop sería lo equivalente a sinfonías efímeras.

 
Portada del primer álbum de Os Mutantes, 1968.

Ahí donde entran y salen de repente, como un verdadero Trem Fantasma, notas y voces, ideas inacabadas y mensajes musicales que literalmente se encuentran mutando invariablemente.

Incluso un cover a The Mamas and The Papas cabe aquí. Y no es ni Monday Monday ni California Dreamin´ el tema que eligen para coverear sino el mágico trabalenguas Once  was a Time I Thought, cantada como "Tempo No Tempo" mensaje que evoca el carácter espiral y la inevitable vuelta al origen, paradojas del destino que ya fué y que por eso precísamente apenas se asomará mañana.
Y escuchamos un arreglo de flautas, un ambiente barroco, un ambiente infantil pero misterioso...

Os Mutantes trajeron a la música brasileña, pero quizá mas importante, a la sociedad de ese tiempo, todo lo que era necesario para ingresar a un posmodernismo local. Si Brazilia era llamada a ser "La Ciudad del Futuro", Os Mutantes serían sus sonidos. Electrónica, psicodelia, Bossa Nova, mucho Jimi Hendrix, y un estilo plausiblemente muy de época y de lugar.

Rita Lee inició su carrera solista a partir de 1972, el grupo se mantendría con cambios en su alineación hasta su ruptura definitiva en 1978. Posteriormente y para sorpresa de los hermanos Baptista, el propio Kurt Kobain los nombró como una de sus máximas influencias, cuando el grunge trataba de resucitar al maltrecho rock de inicio de los noventa.

David Byrne, el profeta de la World Music ha decidido cobijarlos bajo su sello Luaka Bop, con el fin de llevar sus sonidos a nuevos y mayores oídos.
 Desde el 2006 han regresado a los escenarios del mundo, siguen siendo un Ave Rara, pero su plumaje aunque un tanto desteñido por los años, sigue siendo imprescindible para entender aquello que en su momento fué música revolucionaria en toda la extensión de la palabra, y hoy es MUSICA, así con mayúsculas, que no se cansa de mutar en sí misma.

Y todo proveniente de ese  mágico  1968.

Les dejo con un par de temas de este super disco de Os Mutantes de 1968, Tempo No Tempo y Ave Genghis Kan, último track del álbum.





Hasta la próxima!!!